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Cosa rara

Cosa rara he colocado el sistema en español y de repente las cosas empezaron a funcionar de forma caprichosa como si el ordenador tuviese una mente propia y marcase pautas diferentes a las que que este idiota mortal le ordenaba. Ordenador ordenando y ejecutor desesperado. Una mezcla letal para subir la presión arterial, blasfemar improperios, descalificar al más pinto de la paloma y lo peor dejar el blog sin terminar. Bueno todo ha vuelto a la normalidad, por suerte la rebelión de las máquinas duraron menos que las protestas en Egipto. Unos once minutos. Ahora deisfruto de mi poder como ordenante del ordenador desordenado. Vaya cacofonía. Hoy es sábado y mi larga lista de ideas inéditas se ha esfumado en el malestar del desafortunado evento acaecido en mi computador portñatil. Feliz de ser normal de nuevo.

Aquí los dejo con mi tranquilidad a cuestas.

Hasta la próxima.

Leslie

Silencio

Continuo existiendo en las sombras virtuales de la Internet. Soy y no soy. Existo en el mundo virtual pero nadie me reconoce en el real. la dualidad que corroe la confianza en uno mismo.

Es una tragedia moderna, no norteamericana, como la novela de Thedore Dreiser. Existir en la irrealidad, volar en la nada, conversar sin ver ni tocas al dialogante, al que está frente a nosotros en una pantalla similar en un mundo de fantasmas. El siglo 21 es el de la fantasmagonería. Dejamos de existir en el plano real para convertirnos en un chiste de mal gusto de Ricki Gervais.

Basta por hoy, espero encontrar algún comentario mañana. El pobre vide de esperanzas. El aspirante a escritor de posible, futuros, e hipotéticos comentarios.

Retorno a las andadas

Hacía rato que no me detenía a escribir algo en este rincón, pero cuando se tienen o se siguen demasiados blogs el tiempo conspira contra mantenerlos al día. Comencé por un relato de Aromas de muerto que al cabo de numeroso meses se ha ido convirtiendo en una novela de cerca de 400 pliegos. Ya en la fase final me puedo deleitar con visitar antiguos lugares que he amado, indagar por la salud de los abandonados, inquirir cuál será mi futuro. Y todo eso por dos pesos, como dice la antigua canción mexicana. Creo que es suficiente para un regreso con el rabo entre las patas como perro del hortelano. Gracias por el silencio. Mes amis.

Leslie

Aromas de muertos Version 1

Aromas de muertos

Bajo la sombra álgida de la vieja y secada ceiba, la mujer murmuraba lamentos de tormentas
por venir. La piel canela, la pelambre mal peinada, arrojaba sombras de cables de cobre
entorpecidos por decenios de mal vivir y poca higiene, el temblor de los labios , el constante
manoteo del aire alrededor de ella, la mirada perdida en la lontananza del recuerdo. La Justina se
quejaba en alta voz:

-Gabi, ¿poqqué te fuite? Eta ija nuetra no entiende ná de ná.

Lloraba por la ausencia del marido muerto en el terrible accidente de la fábrica cuando el
techo se vino abajo cual caja de aire y había sepultado a la veintena de trabajadores del turno
nocturno. A pesar de la indemnización gubernamental de trescientos pesos mensuales, se sentía
empequeñecida, inerte, un objeto inútil carente de alma.

-Gabriel, tú lo era tó pá mí. ¿poqqué te fuite?

Era la frase favorita de la viuda. El mantra que repetía mil veces cada día en el camino hacia el
árbol demacrado por las desventuras de aguaceros y ciclones intrépidos y abusadores. No se
sentía contenta si no canturreaba la frase famosa. Ida y vuelta. En total quinientos setenta y dos
pasos desde el pequeño departamento que le había sido asignado luego de la macabra suerte del
Gabriel. Aromas de muertos, era todo lo que le quedaba a la pobre mujer. Olía, a pesar de las
burlas de los vecinos, el perfume barato y el talco infantil que usaba el Gabriel, pelotero
fracasado, carpintero por necesidad. Justina era una alucinada, una olorosa víctima de un corto
circuito cerebral.

Calma en el frente oriental

Hace una semana que no hay actividad en este blog. Los comentarios brillan por su ausencia. Nadie tiene valor para criticar mi repugnante obra literaria. Atreverse!

Camila, versión sábado al atardecer

                         CAMILA LA FISGONA

                    CORREGIDA Y AUMENTADA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se había dado por vencida en la vida y no esperaba nada. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hacía dos días que sólo se alimentaba de unas hierbas que recogía, perdón , de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Insensible, gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas al mediodía, el mortecino farol de la luz a las dos de la madrugada, el contenedor de basura cuando el sol castigaba el concreto de la ciudad en ruinas. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. La hembra se había convertido en reflejo de la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio, envidiaba a las mujeres del barrio y había decidido perder a su imaginada enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos: Odalis de nueve, y Sergio de ocho. En una mezcla de envidia y celos, la espiaba para tomarle nota de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio, otrora pintado de verde, ahora descolorido en el devenir de las interminables campañas. Juanita se había convertido en modelo de virtud, excepto en la subyacente y desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el rencor  en Camila, la soplona, la frustrada por la vida.

  Juanita callaba de acuerdo con Ángel, el padre de sus hijos y teniente de una unidad de tanques en el Wajay. La pareja se había divorciado de mutuo acuerdo a los seis años de vida común. Él pasaba de una misión internacionalista en África a misiones militares en diversas regiones de la isla. En el continente africano, había sido atacado por una banda de moscas las que le introdujeron un parásito que sobrevivía en el corriente sanguíneo y se alimentaba y reproducía en el líquido rojo, mal para el cual se desconocía remedio alguno en la siempre fiel isla que seguía impoluta su efecto flotante en el Caribe, tosco y huraño. Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana.  Un pasillo de metro y medio las separaba. El edificio tenía forma de L, con dos puertas de entrada, una por la calle O, la otra por la calle 25.

  Camila soñaba, todas las noches, con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando redención. Camila, una mulata atrasada. Juanita, una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a las necesidades diarias de la inerme población. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami, por lo que sus dos hijos no pasaban hambre. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro, fundido las más de las veces, y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día.

   La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Juanita barría la entrada de su apartamento cuando sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

   Las dos mujeres se fueron de los gritos a las manos en un ajedrez medieval que provocó la alarma de varios vecinos. Una vez separadas, cada una se regresó a sus aposentos. Camila con el olor a perfume de la otra en las manos y la cara. Una mordida en un hombro, y arañazos en la cara y muslos. Juanita con el hedor a putrefacción de la otra en las manos, labios, y un extraño chupón en el muslo derecho. Ambas se vertieron un gélido cubo de agua para espantar los males corporales de la rival. La presi del CDR las visitaría a cada una con la advertencia que bajo su guardia no podía haber peleas. Y la precaria paz arrojó el  velo pardo sobre ambas mujeres. Algo había cambiado en ellas. Camila comenzó a experimentar dolores en sus partes íntimas. Juanita padecía de la maldición de alucinaciones olfatorias y había acudido a un psicólogo de barrio quien le diagnosticó el mal sin poderla ayudar a combatirlo.

-Usa perfume en la nariz, todo está en tu mente. Deberíamos analizar tu relación con la vecina.

-¿Mi qué? No tengo nada con esa bruja apestosa.

   No se volvería a hablar del hecho. Camila y Juanita se evitaban, se espiaban, hablaban horrores la una de la otra. Entraban y salían del edificio por entradas diferentes. En el ambiente amenazaba estallar en cualquier momento. Algo precipitaría el fatídico desenlace. Chucho, hermano de Camila, había salido de la cárcel y al no tener a dónde guarecerse se la había aparecido a la hermana suplicando ayuda. Un mulatón de cincuenta años, que había cumplido dos años en el combinado por vender objetos robados de las tiendas estatales en el mercado paralelo. Lo habían liberado por buena conducta. Lo peor se hizo realidad, desde que hubo visto a la vecina, no podía soslayar los deseos bajos y malsanos de yacer con la Juanita. Las hormonas se le alborotaban cada vez  la figura de santa Juanita aparecía por el corredor.  Chucho no apestaba como la hermana. Eso sí, mujeriego por nacimiento. Bebedor de chispa de tren y comerciante emprendedor por antonomasia. Una noche se le ocurrió, ya entrado en tragos, proponerle a la Juanita que se la llevaría en una balsa a la Yuma a cambio de favores sexuales. Y la Juanita, asustada, lo denunció al CDR. A los pocos días detuvieron a Chucho y a Camila.

-Al fin he logrado vengarme de la negra sucia.

  Los valores revolucionarios de la Juanita habían subido de estima entre los miembros del CDR. Ya se la vislumbraba para delegada de barrio. Tuvo que asistir al juicio como testigo. Ante el asombro de la sala judicial, la mujer se carcajeó cuando condenaron a Camila a seis meses de cárcel por ocultar las actividades ilícitas del hermano. Éste fue por otros cinco años al combinado y dicen las malas lenguas que se convirtió en chivatón de los guardias por lo que lo apuñalaron en una riña carcelaria. Dejó de ser el hombre fuerte para convertirse en un enclenque que cagaba sangre a cada rato. La historia de ambas mujeres cae en un bache. La mulata fina ascendida a política local. La mulata apestosa arrinconada por el CDR y bajo la mira de la policía. A partir de ese evento intrascendente las dos mujeres caminarían por aceras opuestas. Juanita, nominada a su pesar para un cargo al que no se sentía atraída y que deleznaba. Camila en una prisión para mujeres en medio de fuertes dolores. Al sexto día de gritar los pulmones, una de las guardas se le acercó. Una blanquita, con sobrepeso,  pelo negro corto, y de dudosa reputación moral.

-Soy lesbiana, y te puedo sacar para la enfermería a que te vea

 la doctora, o te mueres aquí. Todo a cambio de tu cuerpo.

La pobre mujer accedió en medio de la desesperación. Aunque no se pudo completar la tortilla. No se sabe si fue buena suerte o mala, pero la Camila fue remitida al hospital bajo un prematuro diagnóstico de cáncer cervical. La operaron de urgencia, y la trasladaron a La Habana bajo prisión domiciliaria a completar el precario tratamiento.  Una recuperación lenta y dolorosa. Milagrosamente el hedor desapareció junto a su agonía de mujer a medias. Entretanto santa Juana resultaba elegida a miembro de la Asamblea del Poder Popular. Pronto se convertiría en mira de lobos poderosos.

1500 palabras. 80 mil más y ya tengo una novela.

NO SE PIERDA LA CONTINUACION.

Camila versión sábado 6 de marzo del 2010

                         CAMILA LA FISGONA

                    CORREGIDA Y AUMENTADA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se daba por vencida. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hace dos días que solo se alimentaba de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Era insensible. Gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas al mediodía, el mortecino farol de la luz a las dos de la madrugada, el contenedor de basura cuando el sol castigaba el concreto de la ciudad en ruinas. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. La hembra se había convertido en reflejo de la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio, envidiaba a las mujeres del barrio y había decidido perder a su imaginada enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos: Odalis de nueve, y Sergio de ocho. En una mezcla de envidia y celos, la espiaba para tomarle fotos de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio, otrora pintado de verde, ahora descolorido en el devenir de las interminables campañas. Juanita se había convertido en modelo de virtud, excepto en la subyacente y desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el rencor  en Camila, la soplona. La frustrada por la vida.

  Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana.  Un pasillo de metro y medio las separaba. Camila soñaba, todas las noches, con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando victoria. Camila, una mulata atrasada. Juanita, una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a las necesidades diarias de la inerme población. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami, por lo que sus dos hijos no pasaban hambre. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro, fundido las más de las veces, y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día.

   La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Juanita barría la entrada de su apartamento cuando sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

   Las dos mujeres se fueron de los gritos a las manos en un ajedrez medieval que provocó la alarma de varios vecinos. Una vez separadas, cada una se regresó a sus aposentos. Camila con el olor a perfume de la otra en las manos y la cara. Una mordida en un hombro, y arañazos en la cara y muslos. Juanita con el hedor a putrefacción de la otra en las manos, labios, y un extraño chupón en el muslo derecho. Ambas se vertieron un gélido cubo de agua para espantar los males corporales de la rival. La presi del CDR las visitaría a cada una señalando que en su guardia no podía haber peleas. Y la precaria paz arrojó su velo sobre ambas mujeres. Algo había cambiado en ellas. Camila comenzó a experimentar dolores en sus partes íntimas. Juanita padecía de la maldición de alucinaciones olfatorias y había acudido a un psicólogo de barrio quien le diagnosticó el mal sin poderla ayudar a combatirlo.

-Usa perfume en la nariz, todo está en tu mente. Deberíamos analizar tu relación con la vecina.

-¿Mi qué? No tengo nada con esa bruja apestosa.

   No se volvería a hablar del hecho. Camila y Juanita se evitaban, se espiaban, hablaban horrores la una de la otra. Todo un ambiente que amenazaba estallar en cualquier momento. Algo precipitaría el fatídico desenlace. Chucho, hermano de Camila, había salido de la cárcel y al no tener a dónde guarecerse se la había aparecido a la hermana suplicando ayuda. Un mulatón de cincuenta años, que había cumplido dos años en el combinado por vender objetos robados de las tiendas estatales en el mercado paralelo. Lo habían liberado por buena conducta. Lo peor se hizo realidad, desde que hubo visto a la vecina, no podía soslayar sus deseos bajos de yacer con la Juanita. Las hormonas se le alborotaban cada vez  la figura de santa Juanita aparecía por el corredor.  Chucho no apestaba como la hermana. Eso sí, mujeriego por nacimiento. Bebedor de chispa de tren y comerciante emprendedor por antonomasia. Una noche se le ocurrió, ya entrado en tragos, proponerle a la Juanita que se la llevaría en una balsa a la Yuma a cambio de favores sexuales. Y la Juanita, asustada, lo denunció al CDR. A los pocos días detuvieron a Chucho y a Camila.

-Al fin he logrado vengarme de la bruja apestosa.

  Los valores revolucionarios de la Juanita habían subido de estima entre los miembros del CDR. Ya se la vislumbraba para delegada de barrio. Tuvo que asistir al juicio como testigo. Rio, cuando condenaron a Camila a dos meses de cárcel por ocultar las actividades ilícitas del hermano. Éste fue por otros cinco años al combinado y dicen las malas lenguas que se convirtió en chivatón de los guardias por lo que lo apuñalaron en una riña carcelaria. Dejó de ser el hombre fuerte para convertirse en un enclenque que cagaba sangre a cada rato. La historia de ambas mujeres cae en un bache. La mulata fina ascendida a política local. La mulata apestosa arrinconada por el CDR y bajo la mira de la policía. A partir de ese evento intrascendente las dos mujeres caminarían por aceras opuestas. Juanita, nominada a su pesar para un cargo al que no se sentía atraída y que deleznaba. Camila en una prisión para mujeres en medio de fuertes dolores. Al sexto día de gritar los pulmones, una de las guardas se le acercó. Una blanquita, de pelo negro, y de dudosa reputación moral.

-Soy lesbiana, y te puedo sacar para la enfermería a que te vea

 la doctora o te mueres aquí. Todo a cambio de tu cuerpo.

La pobre mujer accedió en medio de su desesperación. No se sabe si fue buena suerte o mala, pero la Camila fue remitida al hospital bajo un prematuro diagnóstico de cáncer cervical. La operaron de urgencia, y la trasladaron a La Habana bajo prisión domiciliara a completar el precario tratamiento. Milagrosamente el hedor desapareció junto a su agonía de mujer a medias.

NO SE PIERDA LA CONTINUACION.

Camila versión Viernes 05 de marzo

CAMILA LA FISGONA I

                    CORREGIDA Y AUMENTADA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se daba por vencida. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hace dos días que solo se alimentaba de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Era insensible. Gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas al mediodía, el mortecino farol de la luz a las dos de la madrugada, el contenedor de basura cuando el sol castigaba el concreto de la ciudad en ruinas. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. La hembra se había convertido en reflejo de la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio, envidiaba a las mujeres del barrio y había decidido perder a su imaginada enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos: Odalis de nueve, y Sergio de ocho. En una mezcla de envidia y celos, la espiaba para tomarle fotos de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio, otrora pintado de verde, ahora descolorido en el devenir de las interminables campañas. Juanita se había convertido en modelo de virtud, excepto en la subyacente y desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el rencor  en Camila, la soplona. La frustrada por la vida.

  Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana.  Un pasillo de metro y medio las separaba. Camila soñaba, todas las noches, con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando victoria. Camila, una mulata atrasada. Juanita, una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a las necesidades diarias de la inerme población. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami, por lo que sus dos hijos no pasaban hambre. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro, fundido las más de las veces, y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día.

   La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Juanita barría la entrada de su apartamento cuando sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

   Las dos mujeres se fueron de los gritos a las manos en un ajedrez medieval que provocó la alarma de varios vecinos. Una vez separadas, cada una se regresó a sus aposentos. Camila con el olor a perfume de la otra en las manos y la cara. Una mordida en un hombro, y arañazos en la cara y muslos. Juanita con el hedor a putrefacción de la otra en las manos, labios, y un extraño chupón en el muslo derecho. Ambas se vertieron un gélido cubo de agua para espantar los males corporales de la rival. La presi del CDR las visitaría a cada una señalando que en su guardia no podía haber peleas. Y la precaria paz arrojó su velo sobre ambas mujeres. Algo había cambiado en ellas. Camila comenzó a experimentar dolores en sus partes íntimas. Juanita padecía de la maldición de alucinaciones olfatorias y había acudido a un psicólogo de barrio quien le diagnosticó el mal sin poderla ayudar a combatirlo.

-Usa perfume en la nariz, todo está en tu mente. Deberíamos analizar tu relación con la vecina.

-¿Mi qué? No tengo nada con esa bruja apestosa.

   No se volvería a hablar del hecho. Camila y Juanita se evitaban, se espiaban, hablaban horrores la una de la otra. Todo un ambiente que amenazaba estallar en cualquier momento. Algo precipitaría el fatídico desenlace. Chucho, hermano de Camila, había salido de la cárcel y al no tener a dónde guarecerse se la había aparecido a la hermana suplicando ayuda. Un mulatón de cincuenta años, que había cumplido dos años en el combinado por vender objetos robados de las tiendas estatales en el mercado paralelo. Lo habían liberado por buena conducta. Lo peor se hizo realidad, desde que hubo visto a la vecina, no podía soslayar sus deseos bajos de yacer con la Juanita. Las hormonas se le alborotaban cada vez  la figura de santa Juanita aparecía por el corredor.  Chucho no apestaba como la hermana. Eso sí, mujeriego por nacimiento. Bebedor de chispa de tren y comerciante emprendedor por antonomasia. Una noche se le ocurrió, ya entrado en tragos, proponerle a la Juanita que se la llevaría en una balsa a la Yuma a cambio de favores sexuales. Y la Juanita, asustada, lo denunció al CDR. A los pocos días detuvieron a Chucho y a Camila.

-Al fin he logrado vengarme de la bruja apestosa.

  Los valores revolucionarios de la Juanita habían subido de estima entre los miembros del CDR. Ya se la vislumbraba para delegada de barrio. Tuvo que asistir al juicio como testigo. Rio, cuando condenaron a Camila a dos meses de cárcel por ocultar las actividades ilícitas del hermano. Éste fue por otros cinco años al combinado y dicen las malas lenguas que se convirtió en chivatón de los guardias por lo que lo apuñalaron en una riña carcelaria. Dejó de ser el hombre fuerte para convertirse en un enclenque que cagaba sangre a cada rato. La historia de ambas mujeres cae en un bache. La mulata fina ascendida a política local. La mulata apestosa arrinconada por el CDR y bajo la mira de la policía.

NO SE PIERDA LA CONTINUACION. Si nota faltas ortográficas no se las calle grítelas.

Camila cont.

CAMILA LA FISGONA I

                    CORREGIDA Y AUMENTADA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se daba por vencida. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hace dos días que solo se alimentaba de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Era insensible. Gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a  los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas, el farol de la luz, el contenedor de basura. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. Era como la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio las envidiaba y había decidido perder a la archi enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos: Odalis de nueve, y Sergio de ocho. La seseaba y en una mezcla de envidia y celos, la espiaba para tomarle fotos de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio. Era un modelo de virtud, excepto en su desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el odio y la pasión en Camila, la soplona.

Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana.  Un pasillo de metro y medio las separaba. Camila soñaba, todas las noches, con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando victoria. Camila era una mulata atrasada. Juanita una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a la necesidad diaria. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami, con lo que sus dos hijos no pasaban hambre. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro, fundido las más de las veces, y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día.

   La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Juanita barría la entrada de su apartamento cuando sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

   Las dos mujeres se fueron de los gritos a las manos en un ajedrez medieval que provocó la alarma de varios vecinos. Una vez separadas, cada una se regresó a sus aposentos. Camila con el olor a perfume de la otra en las manos y la cara. Una mordida en un hombro, y arañazos en la cara y muslos. Juanita con el hedor a putrefacción de la otra en las manos, labios, y un extraño chupón en el muslo derecho. Ambas se vertieron un gélido cubo de agua para espantar los males corporales de la rival. La presi del CDR las visitaría a cada una señalando que en su guardia no podía haber peleas. Y la precaria paz arrojó su velo sobre ambas mujeres. Algo había cambiado en ellas. Camila comenzó a experimentar dolores en sus partes íntimas. Juanita padecía de la maldición de alucinaciones olfatorias y había acudido a un psicólogo de barrio quien le diagnosticó el mal sin poderla ayudar a combatirlo.

-Usa perfume en la nariz, todo está en tu mente. Deberíamos analizar tu relación con la vecina.

-¿Mi qué? No tengo nada con esa bruja apestosa.

   No se volvería a hablar del hecho. Camila y Juanita se evitaban, se espiaban, hablaban horrores la una de la otra. Todo un ambiente que amenazaba estallar en cualquier momento. Algo apaciguaría el fatídico desenlace. Chucho, hermano de Camila, había salido de la cárcel y al no tener a dónde guarecerse se la había aparecido a la hermana suplicando ayuda. Lo peor, desde que había visto a la vecina, no podía soslayar sus deseos bajos de yacer con la Juanita. Chucho no apestaba como la hermana. Era mujeriego por nacimiento. Bebedor de chispa de tren y vago por antonomasia. Una noche se le ocurrió, ya entrado en tragos, proponerle a la Juanita que se la llevaría en una balsa a la Yuma a cambio de favores sexuales. Y la Juanita, asustada, lo denunció al CDR.

-Al fin he logrado vengarme de la bruja apestosa

Camila I corregida

CAMILA LA FISGONA I

                    CORREGIDA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se daba por vencida. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hace dos días que solo se alimentaba de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Era insensible. Gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a  los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas, el farol de la luz, el contenedor de basura. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. Era como la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio las envidiaba y había decidido perder a la archi enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos:  Odalis de nueve y Sergio de ocho. La seseaba y en una mezcla de envidia y celos , la espiaba para tomarle fotos de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio. Era un modelo de virtud, excepto en su desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el odio y la pasión en Camila, la soplona.

Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana. Soñaba todas la noches con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando victoria. Camila era una mulata atrasada. Juanita una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a la necesidad diaria. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día. La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Ésta sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

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