Camila, versión sábado al atardecer


                         CAMILA LA FISGONA

                    CORREGIDA Y AUMENTADA

Miraba a través de la cortina en un secreteo de mariposa moribunda. No le importaba nada ni nadie. A los sesenta ya se había dado por vencida en la vida y no esperaba nada. Una papa podrida que no servía ni para sopa. Hacía dos días que sólo se alimentaba de unas hierbas que recogía, perdón , de azúcar prieta y agua, con el pan duro y ácido que repartían por la libreta. Odiaba a todo el mundo, y el mundo le correspondía con el mismo desdén. Insensible, gatuna y réptil a la vez. Flaca, huesuda, el pelo cenizo, las caderas cedían a la presión de los huesos que pululaban por exhibirse bajo la ruda tela mezclilla, agotada por la erosión de los años de desgaste. Carecía de ropa interior, por lo que a los dos días de usar la misma indumentaria, el tufillo advertía su presencia a cien metros. Debido a la pena y la vergüenza, se agazapaba tras las cortinas al mediodía, el mortecino farol de la luz a las dos de la madrugada, el contenedor de basura cuando el sol castigaba el concreto de la ciudad en ruinas. Eso sí, no perdía detalle de los vecinos. Los maridos, tres en total, la habían abandonado por mujeres más jóvenes y con sebo de más en nalgas y senos. No había tenido prole. La hembra se había convertido en reflejo de la tierra cubana luego de medio siglo de experimentaciones absurdas: llena de marabú, árida. En su odio, envidiaba a las mujeres del barrio y había decidido perder a su imaginada enemiga Juana Torres. Treinta y nueve, divorciada, madre de dos: Odalis de nueve, y Sergio de ocho. En una mezcla de envidia y celos, la espiaba para tomarle nota de cualquier romance. Todo en vano. Juanita era la virtud personificada. No se metía con nadie, no discutía, ni hablaba mal de ninguno de los catorce vecinos del raído edificio, otrora pintado de verde, ahora descolorido en el devenir de las interminables campañas. Juanita se había convertido en modelo de virtud, excepto en la subyacente y desenfrenada apatía por la vetusta filosofía del país. Se creía una extranjera, lo que excitaba el rencor  en Camila, la soplona, la frustrada por la vida.

  Juanita callaba de acuerdo con Ángel, el padre de sus hijos y teniente de una unidad de tanques en el Wajay. La pareja se había divorciado de mutuo acuerdo a los seis años de vida común. Él pasaba de una misión internacionalista en África a misiones militares en diversas regiones de la isla. En el continente africano, había sido atacado por una banda de moscas las que le introdujeron un parásito que sobrevivía en el corriente sanguíneo y se alimentaba y reproducía en el líquido rojo, mal para el cual se desconocía remedio alguno en la siempre fiel isla que seguía impoluta su efecto flotante en el Caribe, tosco y huraño. Juanita vivía en el ciento ocho. Camila en el ciento nueve. Puerta con puerta, ventana con ventana.  Un pasillo de metro y medio las separaba. El edificio tenía forma de L, con dos puertas de entrada, una por la calle O, la otra por la calle 25.

  Camila soñaba, todas las noches, con la Juanita de rodillas pidiendo perdón. Ella victoriosa, el tufillo clamando redención. Camila, una mulata atrasada. Juanita, una que podía pasar por blanca. Camila apenas tenía un barato noveno grado, que le había servido para laborar en una tienda de comestibles requisando penas a las necesidades diarias de la inerme población. Juanita había terminado una licenciatura den Historia del Arte y malgastaba su tiempo en una biblioteca provincial marcando días de devolución en libros prestados. Vivía en un departamento de dos cuartos, nítidamente adornado con artículos de las diplos. Juanita tenía la  suerte de un hermano en Miami, por lo que sus dos hijos no pasaban hambre. Camila vivía solitaria en un departamento de un solo cuarto con un televisor en blanco y negro, fundido las más de las veces, y una radio que vomitaba noticias y consignas las veinticuatro horas del día.

   La tarde del sábado catorce de febrero, cuando los hijos de Juanita pasaban el fin de semana en casa del padre. Juanita barría la entrada de su apartamento cuando sintió el hedor de la otra hembra y no pudo contenerse.

-¿Por qué  no te lavas la crica?

-Estoy esperando a que tú lo hagas, so puta.

   Las dos mujeres se fueron de los gritos a las manos en un ajedrez medieval que provocó la alarma de varios vecinos. Una vez separadas, cada una se regresó a sus aposentos. Camila con el olor a perfume de la otra en las manos y la cara. Una mordida en un hombro, y arañazos en la cara y muslos. Juanita con el hedor a putrefacción de la otra en las manos, labios, y un extraño chupón en el muslo derecho. Ambas se vertieron un gélido cubo de agua para espantar los males corporales de la rival. La presi del CDR las visitaría a cada una con la advertencia que bajo su guardia no podía haber peleas. Y la precaria paz arrojó el  velo pardo sobre ambas mujeres. Algo había cambiado en ellas. Camila comenzó a experimentar dolores en sus partes íntimas. Juanita padecía de la maldición de alucinaciones olfatorias y había acudido a un psicólogo de barrio quien le diagnosticó el mal sin poderla ayudar a combatirlo.

-Usa perfume en la nariz, todo está en tu mente. Deberíamos analizar tu relación con la vecina.

-¿Mi qué? No tengo nada con esa bruja apestosa.

   No se volvería a hablar del hecho. Camila y Juanita se evitaban, se espiaban, hablaban horrores la una de la otra. Entraban y salían del edificio por entradas diferentes. En el ambiente amenazaba estallar en cualquier momento. Algo precipitaría el fatídico desenlace. Chucho, hermano de Camila, había salido de la cárcel y al no tener a dónde guarecerse se la había aparecido a la hermana suplicando ayuda. Un mulatón de cincuenta años, que había cumplido dos años en el combinado por vender objetos robados de las tiendas estatales en el mercado paralelo. Lo habían liberado por buena conducta. Lo peor se hizo realidad, desde que hubo visto a la vecina, no podía soslayar los deseos bajos y malsanos de yacer con la Juanita. Las hormonas se le alborotaban cada vez  la figura de santa Juanita aparecía por el corredor.  Chucho no apestaba como la hermana. Eso sí, mujeriego por nacimiento. Bebedor de chispa de tren y comerciante emprendedor por antonomasia. Una noche se le ocurrió, ya entrado en tragos, proponerle a la Juanita que se la llevaría en una balsa a la Yuma a cambio de favores sexuales. Y la Juanita, asustada, lo denunció al CDR. A los pocos días detuvieron a Chucho y a Camila.

-Al fin he logrado vengarme de la negra sucia.

  Los valores revolucionarios de la Juanita habían subido de estima entre los miembros del CDR. Ya se la vislumbraba para delegada de barrio. Tuvo que asistir al juicio como testigo. Ante el asombro de la sala judicial, la mujer se carcajeó cuando condenaron a Camila a seis meses de cárcel por ocultar las actividades ilícitas del hermano. Éste fue por otros cinco años al combinado y dicen las malas lenguas que se convirtió en chivatón de los guardias por lo que lo apuñalaron en una riña carcelaria. Dejó de ser el hombre fuerte para convertirse en un enclenque que cagaba sangre a cada rato. La historia de ambas mujeres cae en un bache. La mulata fina ascendida a política local. La mulata apestosa arrinconada por el CDR y bajo la mira de la policía. A partir de ese evento intrascendente las dos mujeres caminarían por aceras opuestas. Juanita, nominada a su pesar para un cargo al que no se sentía atraída y que deleznaba. Camila en una prisión para mujeres en medio de fuertes dolores. Al sexto día de gritar los pulmones, una de las guardas se le acercó. Una blanquita, con sobrepeso,  pelo negro corto, y de dudosa reputación moral.

-Soy lesbiana, y te puedo sacar para la enfermería a que te vea

 la doctora, o te mueres aquí. Todo a cambio de tu cuerpo.

La pobre mujer accedió en medio de la desesperación. Aunque no se pudo completar la tortilla. No se sabe si fue buena suerte o mala, pero la Camila fue remitida al hospital bajo un prematuro diagnóstico de cáncer cervical. La operaron de urgencia, y la trasladaron a La Habana bajo prisión domiciliaria a completar el precario tratamiento.  Una recuperación lenta y dolorosa. Milagrosamente el hedor desapareció junto a su agonía de mujer a medias. Entretanto santa Juana resultaba elegida a miembro de la Asamblea del Poder Popular. Pronto se convertiría en mira de lobos poderosos.

1500 palabras. 80 mil más y ya tengo una novela.

NO SE PIERDA LA CONTINUACION.

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1 Comment »

  1. Wesbri Said:

    Nadie tiene nada que decir?


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